10 de noviembre de 2010

Los animales y la muerte

Hace un par de días murió mi perrito Lalo, el rescatado de la calle de apenas un añito. Producto de una infección en la boca y otras tantas complicaciones fulminantes, su salud se derrumbó en menos de una semana, sin posibilidades de sobrevivir. Con cuidados intensivos, le hice el aguante hasta el último suspiro, que lo dio cuando lo vi a primera hora del lunes. Parecía que me estaba esperando para partir. Su hermanita Lola aullaba hacía unos días. Ahora lo extraña e intentó desenterrarlo dos veces. Llegó a desgarrar parte de las mantas con las que estaba envuelto. Me pregunté con qué intención habría querido hacerlo… Una amiga me dijo que era normal, que su olfato era increíblemente superior al de los humanos y sentiría su olor. Me impresionó mucho este comportamiento y vino a mi mente algunos documentales sobre la muerte de los animales y sus reacciones. Encontré un artículo de lujo que trata un poco sobre la conciencia animal. Es un fragmento del libro “De lo animal, lo humano y lo divino” escrito por José Francisco Zamorano Abramson, psicólogo y músico, doctorando en comportamiento animal (Etología). Aquí lo comparto.

“Cuando era niño me quedaba horas contemplando cómo las hormigas transportaban los cadáveres de sus compañeras de regreso al hormiguero. Me preguntaba por qué lo hacían y fácilmente asumí que era porque deseaban llevar de regreso a sus congéneres a modo de duelo. Me imaginaba qué podrían sentir mientras lo hacían, e interpretaba que lo que ellas sentían era tristeza y dolor por sus compañeras mientras las transportaban. Aunque no podía ver sus lágrimas o escuchar sus lamentos llegaba a esta conclusión producto de mis experiencias humanas. ¿Por qué otra razón habrían de hacerlo?

Nunca se me olvidará tampoco un documental que vi siendo niño en el que se descubría y filmaba por primera vez el caso de una especie de termitas que depositan y cubren con piedras a sus muertos, hecho al que, por lo que tengo entendido, aún no se le encuentra ninguna explicación convincente.

(…)En el caso de los animales domésticos también encontré notables diferencias. Mientras que las gallinas podían seguir tranquilamente picoteando el maíz en frente de las compañeras que estaban siendo sacrificadas para la olla, los cerdos se ponían muy nerviosos e intentaban escapar. Para mí esto también era un claro indicio de que de alguna forma los cerdos “se daban cuenta” de que algo perjudicial les estaba pasando a sus compañeros y que quizá también les podía ocurrir lo mismo a ellos. Una vez me entrometí en un matadero y observé que las vacas también se alteraban e incluso intentaban retroceder cuando estaban siendo transportadas por la cinta mientras podían oler la sangre y ver como faenaban a sus compañeras. El caso es que así entendí en mi niñez que cada especie animal reaccionaba de forma distinta frente al mundo que le rodea, que tienen, en definitiva, realidades muy distintas ante la experiencia de la desaparición de sus semejantes y quizá sobre la conciencia de la muerte en sí misma.

Básicamente, llegué a entender que las reacciones ante la muerte de un semejante cambian bastante cuando se han establecido vínculos emocionales entre animales, animales sociales. Sorprendente es el caso de una especie de periquito llamados “inseparables”, quienes pueden llegar incluso a la muerte al dejar de alimentarse voluntariamente ante la muerte de su pareja.

El movimiento ambiental en USA debe su existencia en gran parte a las reflexiones y conclusiones de un cazador de lobos que durante el cumplimiento de su labor de eliminar a las poblaciones de lobos de Norteamérica persiguió por meses a la pareja reproductora líder del clan hasta que logró atrapar y dar muerte a la hembra. Llevó el cadáver a su rancho y la sorpresa fue que durante toda la noche escuchó aullidos que le parecieron distintos a los que el siempre había escuchado en el campo, aullidos que en sus propias palabras “estaban cargados de tristeza”. El cazador estaba seguro que el macho había viajado kilómetros en busca de su pareja, y, al día siguiente, descubrió las huellas del macho cerca del cadáver de su compañera. Ese día salió en busca del lobo a quien logro atrapar.

Cuando se disponía a dar el tiro de gracia miro a los ojos de lobo y desde ese preciso instante, según relata, dejó de cazar para siempre lobos, dedicando su vida la protección de la naturaleza. De ahí nació el movimiento ambiental en USA y de alguna manera el movimiento ecologista mundial. Y todo, al menos según cuenta la leyenda, por un macho de lobo que se expuso a su propia captura y muerte por no abandonar a su hembra.

Esta fidelidad de los vínculos entre lobos y de lo que podría afectar para ellos la muerte de un compañero parece estar presente también en nuestros perros domésticos. Emblemático es el caso de Hachiko, un perro japonés en cuyo honor se erigió una estatua por esperar en el mismo lugar a su amo por más de diez años hasta que murió. O el yorkshire que tras la muerte de su amo nunca abandonó su tumba y vivió toda su vida hasta su propia muerte en el cementerio junto a su amo.

Ahora, y sin restar su importancia a todas estas reacciones ¿cuál es la explicación de las mismas? ¿“extrañan” los animales y sienten de alguna manera la ausencia del ser querido o estamos ante una simple reacción ante un cambio en su medio, en su rutina?

Los pocos casos en que al parecer existe algún grado de reacción, si se me permite decirlo, que pueda sugerir algún concepto o entendimiento del hecho de la muerte de un semejante, los encontramos en algunos de los mamíferos sociales que poseen los cerebros más complejos. Por ejemplo, se ha observado a madres chimpancés, gorilas y delfines transportar por días los cadáveres de sus hijos, quizás sin darse cuenta que están muertos o quizás simplemente rehusándo a abandonarlos. Se cuenta un caso de una madre gorila que pasados varios días, y cuando el cuerpo de su cría mostraba claros indicios de deterioro, llego al extremo de comérselo. Además, en todas estas especies los individuos han mostrado cambios de conducta asociados a la muerte de algún animal con el que estaban vinculados, como buscar a sus compañeros en los lugares que solía frecuentar o retirarse del grupo y dejar de participar por días en las dinámicas sociales. Estos comportamientos son, para muchos, claros indicios de que el animal recuerda y extraña al individuo que ha desaparecido. El hecho de no abandonar a los semejantes en problemas, enfermos o moribundos, es llevado al extremo en los cetáceos, quienes pueden morir en masa con tal de no abandonar a uno de los suyos. Esto es conocido por balleneros quienes, en el pasado, han arrastrado a veces a crías moribundas a un costado de la embarcación para hacer que la madre o el grupo los siguiera adonde ellos quisieran y se se sigue utilizando, por ejemplo, en las Islas Faroes, en Dinamarca, para atraer a todo el grupo a la costa donde estos animales son asesinados por el pueblo en una cruel tradición popular.

Pero de todos los ejemplos, el de los elefantes es el que más nos suele impresionar, quizás por su semejanza con algunos de los duelos humanos. Los elefantes, al encontrarse con los restos de otro elefante muerto se muestran agitados, tensos y excitados. Con sus patas y trompa los escudriñan, huelen y tocan los restos óseos de otros semejantes. ¿Tendrán los elefantes además del apego afectivo a su pariente algún concepto de la muerte o solamente actúan por curiosidad al encontrar objetos inusuales?

Al igual que los chimpancés o los delfines, los elefantes son especies en las que sus individuos viven durante mucho tiempo y tienen fuertes relaciones sociales tanto entre familiares como entre los distintos miembros de una manada, con presencia de actos altruistas, es decir, con la ayuda a otros miembros del grupo, comprometiendo incluso la seguridad personal. En el caso de los elefantes, estas características podrían explicar, en parte, su gran interés por los restos de otros elefantes. ¿Son acaso estos ritos semejantes en algún grado a los ritos de duelo que practicamos los humanos?” (...)


Fuente: http://librodenotas.com/deloanimallohumanolodivino/15199/conciencia-animal-de-la-muerte

5 comentarios:

Juan dijo...

Hola bonita!! Uff no sabes cuanto te entiendo en todo lo que pusiste. Te juro que para mi cuando se me muere una mascota lloro tanto como con un familiar, algunos dicen que exagero pero lo siento asi.

Beso grandeeeeeeeee!

Juancho!

Erica dijo...

Hola, Juan! Yo también padezco un montón la desaparición de mis animales. Besos!!

manu dijo...

q.e.p.d. el estimado Lalo.

Nunca entendí la imperiosa necesidad del humano en querer diferenciarse y permitirse creerse que no es un animal. Aunque, en realidad, por otro parte, teniendo en cuenta como actuamos, no merecemos ser animales, con lo cual, la idea es válida!

Un abrazo grandote!

Erica dijo...

Hola, Manu! La vida de los animales es maravillosa. Y lo es simplemente porque ellos no cuestionan a la madre tierra sino que la obedecen. Como dice un naturalista llamado Bacon "A la naturaleza se la domina obedeciéndola"

besos!!

Mariela Torres dijo...

Lo siento mucho.

Un abrazo.